La música al palo. Mis tímpanos latiendo.
No quiero escuchar nada. No quiero siquiera escuchar mis propios pensamientos.
Mi voz resonando dentro de mi cabeza. La música logra llevárselo todo. Puedo
sentir el suelo vibrar por los bajos. Aún
me escucho. Subo el volumen. Me reclino en mi silla. Tiro la cabeza hacia
atrás, restrego mis ojos con parsimonia. Intento prestar atención a la música,
mientras presiono mi cabeza con distraídos y temblorosos dedos. No puedo
evitarlo. Me aíslo. Una vez más puedo
escucharla. Es mi voz. Mi voz haciendo eco contra mi cráneo. Mi maldita
mente juega conmigo. Me tortura. No quiere dejarme ni un segundo. Solo quiero
unos segundos. Quiero no poder escuchar.
Pero esta ahí.
Me habla. Me dice.
Me hablo. Me digo.
Me pregunto. Me respondo.
Solo
unos segundos de silencio, nada más. Pero no. Según
parece necesitamos hablar. Necesito pensar. Parece que tengo que
auto-torturarme un rato más. Pero yo se la verdad. No es solo un rato, es para
toda la eternidad. Estoy atado a mi mente, como estoy atado a mi cuerpo. No
puedo escapar a mi mismo. No puedo dejarme vencer, pero ya no tengo
herramientas para luchar. Estoy preso aquí dentro. Ya no puedo soportar el profundo eco de mi voz. Es como caer en un
abismo infinito. Esperando por la caída definitiva. Una caída que jamás
llegará. Y solo puedes gritar. Y solo recibirás tu propio eco en respuesta. Y así, lo último que podré recordar, es el
sonido de mi alma intentando escapar.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar