Cuando desperté,
tenía cinco años. Pero en ese entonces, no supe notar que hubiera algo
diferente en mí. Solo era un niño jugando en el parque. Curioso quizás.
Silencioso también. En la escuela de la comuna éramos todos iguales, no había
distinciones de ningún tipo, ni siquiera por edades. A los ocho fui testigo del
despertar de uno de mis compañeros,
Julius. Tampoco supe notar que algo fuera de lo normal había sucedido. Pero al
día siguiente Julius no fue a la escuela. Tampoco el siguiente. No volví a ver
a Julius hasta muchos años después, cuando lo vi morir.
Mis padres nunca me hablaron del despertar, y tampoco les pregunté al respecto. Se contaban muchas
historias descabelladas entre los niños de mi comuna. Jamás creí ninguna.
Algunos tenían miedo. Otros no entendían. Unos pocos profesaban ser los
siguientes. Todos se equivocaban. Nada sucedió hasta que cumplí once. Y
entonces, lo supe. No puedo explicar cómo, pero desperté una mañana y tras
limpiar mi cuarto, me senté en la puerta a esperar. Horas después vinieron a
buscarme. Pude ver las lágrimas de dolor de mi madre como nunca antes. Y sentí
la vergüenza de mi padre en su esquiva mirada. Nada podía hacer. Era mi deber. Lo
sentí en mi corazón. Con paso firme, me alejé de mi hogar para siempre.
Pasé los siguientes años de mi vida bajo el tutelaje de
Merión, conviviendo con otros niños despertados. Aprendiendo sobre nosotros
mismos y de lo que éramos capaces de hacer. Se nos instruyó académica,
intelectual y físicamente. Se nos inculcó disciplina y se nos estimuló para que
explotemos nuestros propios límites. Con el tiempo, se hizo evidente cuales
eran las fortalezas de cada uno, y poco a poco nuestras lecciones fueron
dirigidas a desarrollar las mismas con mayor intensidad.
Por aquel entonces no hablaba mucho con mis compañeros, a
excepción de Pietas. No era necesario hablarle, o siquiera mirarla. Ella
hablaba por todos. Todo el tiempo. Nadie la declaró líder, no hacía falta
realmente. Ella solo tenía que señalar, y alguien siempre estaba dispuesto a
lograrlo. No es que fuera la única mujer. Tampoco era la más atractiva. Simplemente,
era ella misma. Todos adoraban a Pietas. Mujeres y hombres por igual. Había un
fuego en sus ojos, que jamás se apagaba. Era caprichosa y jamás tuvo un plan.
Pero todos la seguían. Todos querían cumplir sus deseos. Incluso yo.
-
Quiero ver cómo le rompes el brazo.
-
¿Por qué?
-
Porque sé que puedas hacerlo.
Nunca voy a olvidar aquel grito de dolor. Pero no me
importó. Tampoco la reprimenda que vino después. Estuve cuatro días en la
oscuridad. La mañana del quinto día Merión me trajo comida y dejó entrar un haz
de luz. Me observó saciar el hambre que tenía con ojos curiosos y luego me
preguntó:
- ¿Debería castigar también a Pietas?
-
No.
-
¿Por qué no?
-
Porque yo lo hice.
-
Pero fue ella quien se metió en tu cabeza. Es lo
que ella hace.
-
Pero yo decidí hacerlo.
-
¿Te arrepientes?
-
Jamás.
Tres días después se me permitió volver. Algunos me miraban
con desprecio, otros me recibieron como si fuera un héroe. Pietas se mostró
indiferente, pero pude ver como la curiosidad se apoderaba de su maliciosa
mente.
- ¿Qué crees que pasará con nosotros?
-
¿A qué te refieres?
-
¿Qué se supone que estamos haciendo aquí?
-
Aprendemos. Nos preparamos.
-
¿Para qué?
-
Para afrontar lo que se viene. Para sobrevivir
en este mundo. Para evitar que caigamos, como otros lo hicieron antes.
-
¿Crees en el destino?
-
No.
-
¿Por qué no?
-
No creo que todo lo que hago sea parte de algo
que ya fue calculado y que irremediablemente me llevará a donde debo.
-
Mmm, es una forma de pensarlo.
-
¿En qué cree la gran Pietas entonces? – Esto me
mereció un inmediato golpe a las costillas. Y algunos minutos de extraño
silencio.
-
Yo creo que estamos destinados a algo grandioso.
-
¿En qué sentido?
-
Yo creo que hay una fuerza infinita que nos
llama y nos atrae hacia la verdad absoluta.
-
¿Y cuál es esa verdad?
-
Que somos únicos. Y que nos merecemos el mundo.
Jamás olvidaré el brillo que había en sus ojos. Realmente
creía cada palabra. Su corazón estaba seguro. Ella estaba destinada a reinar.
¿Y por qué no? Solo debía pedirlo, y todos se postrarían ante ella. Allí,
recostados en la hierba bajo el cielo nocturno, por primera vez en mi vida,
pude notar que algo distinto había sucedido. Algo invisible, algo intangible,
algo inimaginable. En ese preciso instante, pude apreciar un despertar. Para bien o para mal, a
partir de ese momento, Pietas, comenzó a cambiar el mundo.
No recuerdo mi vida antes del despertar. No creo que haya tenido una. Mi destino era despertar. Y a partir de ese momento,
solo viví para ser el mejor y más poderoso despertado
que jamás haya existido.
No recuerdo cuantos años tenía, ni cómo se llamaban ellos. No pretendieron ser una
familia, y a decir verdad, no los necesitaba de esa forma. Me instruyeron, me
enseñaron, me entrenaron, me prepararon. Ya desde joven tuve en claro cuán
grande era mi destino.
No recuerdo cuando comenzó, ni como sucedió. No pedí que me
siguieran, ni que me hicieran su líder. Solo demostré lo que valía y les indiqué
hacia donde me dirigía. Y así, en poco tiempo, tuve un pequeño ejército a mi
disposición. Mi sueño, se hizo el de ellos.
No recuerdo sus rostros, ni las suplicas que balbucearon
antes de que los matara. Nunca supe quiénes eran, y tampoco me importó. Era lo
que tenía que hacer. Era lo debido y necesario. Todos contaban conmigo. Era mi
deber hacer que el mundo comprendiera, donde estaba la grandeza.
Recuerdo las miradas sobre mi cuando entré. Nunca esperaron
ver algo igual. Nunca sintieron tanto miedo y gozo al mismo tiempo. Yo era todo
lo que soñaban ser algún día, y al mismo tiempo era quien regiría su mundo.
Percibí las nerviosas sonrisas de los hombres y su patético intento por
recibirme con sus mejores galas. Mientras ellos no dejaban de sudar por la ansiedad, sus mujeres fantaseaban con tenerme para ellas. La tensión sexual y el
miedo inundó la sala. Sin decir una palabra, pasé frente al lugar que me
ofrecían, ignorando sus atónitos rostros, y me dirigí al asiento principal, a
la cabeza de la mesa. El asiento era más grande, como el de un líder, un rey. Así que lo tomé como propio, y
antes de que pudieran salir de su asombro, los invité a sentarse a su propia
mesa. No hubo nada que pudieran hacer. Ellos, me pertenecían.
Al principio creí que era una maldición. Perdí mi familia,
mi aldea, todo lo que conocía a los cinco años. Me volví un errante, viajando entre asentamientos y
ciudades, sin quedarme demasiado tiempo en cada lugar. Aprendí rápidamente a
pelear y defender lo poco que llevaba conmigo. Los niños pueden ser realmente
perversos a veces. Fueron tiempos duros, pero me forjaron y me convirtieron en
lo que soy.
Aprendí a pasar desapercibido a los ojos de los adultos.
Solo los niños de mi edad notaban mi presencia. Lo que me permitió moverme con
libertad la mayoría de las veces y simplemente tener que lidiar con pequeños
llorones que no aguantaban una buena golpiza. A los once años me establecí en
las ruinas de un asentamiento de perdonados,
que se ubicaba a las afueras de una pequeña ciudad. Llevaba algún tiempo
abandonado, al parecer un ejército de despertados
los tomó por sorpresa y los hizo esclavos bajo órdenes del nuevo auto
proclamado rey. El mundo estaba
cambiando rápidamente para la humanidad. Pero un rey despertado no sonaba mal. Tal vez ya no tuviera que esconderme,
ni a mi despertar.
Esta idea no me duró mucho en verdad. Una noche, mientras
intentaba pasar desapercibido en las sombras para cazar mi siguiente almuerzo,
los vi. Un grupo de soldados había incursionado en el asentamiento. Intentaban
en vano no hacer ruido, y era claro que buscaban algo. No me di cuenta que era
a mí a quien buscaban hasta que llegaron a mi escondrijo. Sus intenciones eran
dudosas, pero si se habían tomado el trabajo de buscarme en silencio y durante
la noche, no podían ser buenas. Con calculado cuidado, los enfrenté a la
distancia. Demandé saber porque me buscaban. El líder del escuadrón dijo algo
sobre el riesgo de habitar esas ruinas.
- Me iré por la mañana entonces.
-
Puedes venir con nosotros ahora, tenemos comida
y abrigo a tu disposición dentro de la ciudad.
-
Prefiero tomar mis cosas e irme por mi cuenta
esta misma noche.
-
Pequeño, no hace falta que huyas. Solo ven con
nosotros, serás registrado en la ciudad y se te darán todas las comodidades
necesarias para que puedas descansar como es debido.
-
No necesito comodidades. Estoy bien aquí.
-
Mira, no volveré a ofrecértelo niño. Ven con
nosotros por tu propia voluntad.
-
¿O qué?
-
O tendremos que llevarte por la fuerza.
-
Pueden intentarlo entonces.
No me conocían. No sabían en donde se habían metido ni con
quien. No tuvieron siquiera oportunidad. No hubo misericordia. No sentí
remordimiento alguno. Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir. No iba a
permitir que me dijeran como y donde vivir. Ni que controlaran mi vida. No iba
a permitirles que hicieran lo que quisiesen. Ni siquiera a ese tal rey despertado.