jueves, 28 de junio de 2012

Ojos Siniestros


Hacía algún tiempo que venía hablando con ella. Había logrado arrastrarla a nuestras reuniones, incluso logré que le interesara. Sabía que estaba de novia, pero no me importó. Esta muy seguro de poder seducirla, a su novio no le interesaba en lo mas mínimo este tipo de actividades, y ella se metía mas y mas a medida que pasaban las reuniones. El no tenía chances, iba a terminar perdiéndola por su desinterés, y ahí iba a estar yo, para consolarla, para escucharla y para hacer de ella lo que quisiese. Una vez mas, lograría obtener lo que me corresponde.

Esa tarde pude verla rápidamente entre la multitud de congregantes. Fui a saludarle casi de inmediato, ignorando a muchas otras personas que tenían intención de saludarme. Cuando la alcancé, ella me recibió con una hermosa sonrisa, estaba feliz, sentí como mi alma se llenaba de regocijo. Pero poco duró mi felicidad. Ella estaba contenta, porque él había aceptado acompañarla.

Parecía un muchacho normal, pero pude notar su mirada escéptica e incrédula. Por un momento creí que mis planes se verían perjudicados por su sola presencia, pero pensándolo mejor, me di cuenta de que era mejor así. Iba a lograr dejarlo en ridículo y no tendría que hacer ni el menor esfuerzo para ello. Era mi gran oportunidad, servida en bandeja de plata.

Comenzó la reunión y como siempre, todos se sentaron delante de mío. Comenzaron a relajarse, pude notar como él miraba a todos a su alrededor, con pocas ganas de participar y de siquiera estar allí. Reí para mis adentros y decidí que era hora de comenzar el juego. Les pedí a todos que cerraran sus ojos, que buscaran en sus mentes su lugar de paz y poco a poco pude sentir sus espíritus elevarse. Con los ojos cerrados, enfocándome en mi tarea por ayudarlos y guiarlos en esta “elevación espiritual”, pude notar que faltaba uno. Evidentemente él no había podido hacerlo, tuve que esforzarme por no soltar una carcajada. Esto era muy fácil.

Decidí hacer una de mis típicas rondas para dar consejos y ayudar, pero esta vez, vería de dejarlo en ridículo a él. Pero al abrir mis ojos, él estaba mirándome fijamente. Un frío recorrió mi espalda, pude sentir el aire gélido a mi alrededor. Pude sentir su espíritu, era fuerte, muy fuerte, mas que eso, era atemorizante. Pude ver como se acumulaban las sombras a su alrededor. Quise moverme, quise decir algo, pero no pude. Entonces las sombras comenzaron a reptar hacia mi, esquivando a todos en la habitación. El sudor corría por mi frente mientras las veía erguirse ante mi, amenazadoramente. Y en susurros, a través de ellas, pude oír su voz. “No vuelvas a acercarte a ella, ni siquiera pienses en ella. Si vuelvo a sentir tu presencia rondándole, volveré aquí y haré tus peores pesadillas realidad.”

Creí que moriría, creí que todo terminaría para mi, pero al parpadear, todo parecía normal. Todo era apacible, sus espíritus estaban relajados. La clase había terminado. Ella me saludó con un beso. Y él me dio la mano. Nada pasó. Todo había sido un sueño. Tenía que relajarme, la paranoia no era algo característico de mi, debía serenarme cuanto antes.

Al salir del salón pude verla en la parada. Estaba de espaldas a mi, su bella figura se estiraba para frenar el colectivo. El estaba a su lado, tomando su mano. Tenía mis dudas sobre todo lo sucedido esa tarde, hasta que lo vi voltear hacia mi. Me miró con sus ojos oscuros, fijamente. Las sombras volvieron a juntarse a su alrededor, y como dardos dispararon hacia mi. Instintivamente cerré mis ojos con fuerza, pero nada pasó. Al abrirlos pude ver como subían al colectivo. Esa fue la última clase que di en mi vida.

miércoles, 13 de junio de 2012

Indiferencia

Que poder. Que odio. Detesto la indiferencia. Detesto que la usen conmigo. Odio sentir el aire gélido a mi alrededor. No puedo soportar que no me miren. Que me ignoren por completo. Que me traten como si no existiera o peor aún, como si no importara, como si fuera un don nadie, alguién que acabas de conocer en la parada del colectivo y no queres que se te ponga a charlar porque estas en otra. Esa sensación que despierta el deseo, las ganas de encarar a quién te ignora y gritar en su cara. Pero solo obtendrías una mirada vacía, una mirada desgarradora, sin nada que brindarte. Y solo te quedarías con la impotencia de no poder hacer nada contra esa indiferencia. Esa maldita indiferencia. Como odio eso. Como odio ver sus ojos mirando a cualquier otra parte, hablando con otros, disfrutando de ese momento. Como detesto ese pasar a mi lado, haciendo caso omiso de mi presencia. Sin siquiera mirar, sin siquiera pensar en hacerlo. Saludos vacios, distraídos, la nada misma. No importar. No ser. No nada. Bronca, ira, furia, todo se junta en mis manos, se cierran. Impotencia, angustia, desesperación, todo se reune en mi pecho, mi corazón late salvajemente, desespera. Ideas descabelladas, locos pensamientos, incontrolable ansiedad, todo se amontona en mi cabeza, se agolpa, se quiebra. Pero no puedo dejarme vencer tan facilmente. No puedo ser tan dévil. No puedo permitirme el paso en falso. Debo aguantar. Debo soportar. Debo estar centrado. Es su hora, tengo que aguantar. No puedo mostrar el mas mínimo razgo de vulnerabilidad. Debo permitirle este momento. Que lo goze. Que lo disfrute. Mientras yo me refuerzo. Lo uso. Lo dejo crecer. El se hace mas fuerte. Puedo sentirlo. Esta ahí. Esta presente. Puedo escucharlo. Parece estar lejos, pero se acerca. Y lo escucho reír. Casi lo veo. Si. Esta ahí. Sus dientes blancos. El sabe como hacer. El sabe que hacer. El puede con esto. La indiferencia no puede ganarle a él. Ya tiene el control. Puedo estar tranquilo. Estoy en buenas manos. Solo tengo que sentarme y observar. Solo tengo que disfrutar. Y reir. Reir como nunca. La indiferencia no puede matarme. No a mi. No con él. No me voy a dejar vencer. Ni hoy, ni nunca.