Poder. Todo empieza con él. Una vez que lo pruebas, se
vuelve una adicción. Quieres más, pero obtenerlo no te satisface, no sacia tu
sed. Pierdes visión de la realidad y al mismo tiempo te vuelves altamente
funcional, solo en pos de obtener eso que tanto deseas. Te desconectas de
todo vínculo emocional. Transgredes toda barrera ética y moral que alguna vez
supiste tener. Te transformas en un ente sin consciencia o remordimiento. Nunca
más, habrá en tu vida, algo que sientas o denomines sagrado.
Pero un día, todo termina. El mundo estalla. Los sistemas
caen. La fe se pierde. La humanidad se extingue. El poder, desaparece. Y solo
aquellos que sobreviven, logran entender el peso de sus actos. La grave
responsabilidad, que ahora sufren en soledad.
Primero fue el hambre. Después fue la guerra. Cambió el
aire. Murieron la mayoría de los animales. Rara vez volvimos a ver el sol. Las
enfermedades arrasaron con los viejos y los más jóvenes. El miedo se apoderó de
los adultos. El mundo se sumió en penumbras y silencio. El tiempo se llevó las
lágrimas y la esperanza. Los sobrevivientes (o culpables como más tarde se los llamó) se refugiaron del implacable
exterior. Hasta que un día, la tierra gritó.
Nadie supo explicar que sucedió exactamente, pero se han
encontrado registros de distintas partes del mundo para ese mismo suceso en el
mismo preciso instante. Todos indican un cambio estructural en la tierra misma,
como si todos esos años de obsoleta existencia, escondidos en agujeros bajo
tierra o tras las piedras que alguna vez supieron construir, hubieran colmado
la paciencia de un planeta que esperaba un resurgir.
Terremotos, volcanes, tsunamis, tormentas, todo esto y más se manifestó de
repente. Muchos perecieron, otros se vieron obligados a salir de su
ensimismamiento. Quienes aún tenían una vida, tuvieron que aferrarse a ella
para sobrevivir. Y luego, amaneció.
Después de tanto tiempo, el sol se mostró una vez más. El
cielo se volvió pardo, y el planeta cobró vida. La naturaleza se hizo paso,
como desperezándose tras una larga hibernación. Nueva vegetación comenzó a
cubrir la tierra oxidada y extrañas
especies animales se asomaron al nuevo mundo. La humanidad recobró esperanzas,
y tras años de silencio, distintos rincones del planeta se llenaron de llantos
infantiles. Los perdonados (como se
nombró a los culpables que
sobrevivieron para ver El Amanecer) se creyeron bendecidos y hasta declararon vivir
un milagroso despertar. Pero una vez
más, estaban equivocados.
El planeta aprendió que debía
sobrevivir. Y darle rienda suelta a la humanidad, no era la forma correcta. La
nueva vegetación era venenosa en su mayoría. Las nuevas especies animales mucho
más agresivas y peligrosas. El clima se volvió impredecible, caótico y
devastador. Las mujeres dieron a luz a niños monstruosos, con diversas
malformaciones y mutaciones en sus pequeños cuerpos. Pero con voluntad y mucho
esfuerzo, la humanidad prevaleció. Todo aire de conquista y colonización sobre
el nuevo mundo se vio mitigado por la
indómita fuerza de un planeta que aprendió
a sobrevivir a la humanidad.
Los perdonados
establecieron algunos asentamientos que con los años se volvieron ciudades,
pequeñas, y en constante lucha contra la naturaleza avasallante. Cada ciudad se
auto proclamó nación, bajo la dirección del caudillo de turno y bajo los
términos que pudiera mantener durante su reinado.
Como si la historia fuera ineludible, alianzas fueron hechas y deshechas. Riñas
y escaramuzas fueron planeadas y llevadas a cabo. Y así, en un mundo hostil y
salvaje, la humanidad volvió a su hábitat
habitual.
A pesar de todo lo sucedido, la humanidad parecía reiterarse
y cometer los mismos errores, otra vez. Pero un día, llegaron los despertados.