Desperté y lo supe. Tomé mis cosas y antes de que Merión
siquiera se levantara, huí. Ese lugar ya no era para mí. No
sé si alguien me vio o si olvidé algo. Nunca volví a mirar atrás.
Caminé largo tiempo hasta conseguir transporte. No sé quiénes
eran, no sé a dónde iban. Recorrí muchas ciudades, conocí muchas personas. Vi
criaturas sorprendentes, escuché historias asombrosas. Bailé, reí, gocé. Pero
nunca fue suficiente.
Nada era suficiente. El mundo nos odiaba. Nuestra sociedad
se caía a pedazos. Despertados aquí y allá creían poder dominar lo que quedara.
Todo era caos. Todo era un gran juego sin sentido. Hasta que conocí a Virtus.
Todo era fuego con él. Era arrollador, temerario, decidido.
Incluso siendo tan joven, había logrado levantarse en contra del rey despertado. Tenía fieles seguidores
que no dudaban de su comando. Le tenían respeto. Y quienes no lo respetaban, le
temían.
Jamás había perdido un enfrentamiento. Hacía años que
peleaba. Aprendió en las calles. Era salvaje como un gran incendio. A donde
fuera, todos lo miraban. Y como no hacerlo. Era joven, atractivo, rudo,
indomable. Lo seguías o te corrías de su camino. Porque nada iba a detenerlo. O
por lo menos, eso creí.
Antes de ella, todo era claro. Sabía
exactamente lo que tenía que hacer. Tenía idea de cómo llevarlo a cabo. Todo se
estaba moviendo en la dirección correcta. Era sencillo. No dejaríamos que un
auto-proclamado soberano intentara subyugarnos a su voluntad. Pero entonces,
llegó ella. Y comenzaron las preguntas.
Y ya nada quedó claro.
Era desvergonzada, atrevida, incisiva, decidida. Desde el
primer momento que puso pie en el campamento, puso sus ojos en mí, y me
convertí en su presa. Podría tener a quien quisiera a sus pies. Pero ella me
quería a mí. No pude hacer nada para disuadirla. Nada la detenía. No había
miedo en sus ojos. Pero mi brújula ya tenía una dirección. Y ella no lograría
torcerla.
Tenía esa actitud de reina o de princesa caprichosa. Todos
se lo permitían. Sin importar cuanto los amenazara para que no lo hicieran.
Ella disfrutaba con eso. Era consciente de lo que provocaba. Nada podía hacer
yo, más que enfocarme en lo que realmente importaba.
Nunca había deseado tanto algo, como hasta ese momento. Quería domar ese fuego. Pero él
se resistía. No me dejaba alcanzarlo en privado, me apartaba cuando estaba
entre su gente. Y eso solo alimentaba aún más mi necesidad. Estaba dispuesta a
quemarme por completo. Pero tenía que ser inteligente. Debía moverme de la
forma correcta si quería llegar a él.
Comencé a escuchar en silencio, sin molestarlo. No dejé de
seguirlo, pero mantuve mi distancia. Me desenvolví con sus allegados y fieles.
Me permití conocerlos, oír lo que pensaban y lo que anhelaban. Me volví una
predicadora de la causa. De su causa.
Demostré mi valía intermediando con potenciales aliados y atrayendo más
seguidores.
Sin que se diera cuenta, me gané un lugar en su mesa de oficiales.
Mi influencia era grande entre su gente y aliados. Ayudé a completar la idea de
rebelión. A que se pensara en el después y no solo en un golpe de estado. Me
hice indispensable, logré que tuviera que hablarme directamente. Necesitaba mi
consejo, mi apoyo. El fuego, al fin era
mío.
Aún hoy, no sé cómo lo hizo. Pero resultó. Por momentos dudé si no era ella la
persona más poderosa allí. Era claro que me seguían a mí. Pero ella podría
haber cambiado eso si lo hubiera creído. A pesar de que no lo quisiera, la
necesitaba a mi lado. Su poder era absoluto.
Crecimos en número. Nos hicimos más fuertes y mejores. Comenzamos
a hacer una diferencia. Logramos avanzar y hacernos un lugar. Terminamos por
captar la atención del nefasto rey. Lo cual nos obligó a ser más precavidos y
movernos con cuidado. El riesgo y el compromiso aumentó sin que nos diéramos cuenta.
Mucha gente dependía de nosotros.
Tuvimos que expandirnos. La idea de rebelión se había metido
en los corazones de la gente. Pero eso no los hacía inmediatamente fieles.
Algunos creían tener lo necesario para dirigir su propia rebelión, lo cual solo
terminaría por debilitarnos. Esto me llevó a tomar medidas extremas.
Como cuando era chico, hice valer la ley del más fuerte. Todo
aquel que creyera que podía hacerlo mejor que yo, debía derrotarme. Jamás perdí
una pelea. Lo que me brindó respeto entre mis fieles e infundió temor en mis
enemigos o aquellos que aún no estuvieran tan comprometidos. Jamás alguien
logró estar a mi altura en un enfrentamiento. Hasta aquel día, donde conocí a Gravitas.