lunes, 13 de noviembre de 2017

Gravitas: Pietas

Desperté y lo supe. Tomé mis cosas y antes de que Merión siquiera se levantara, huí. Ese lugar ya no era para mí. No sé si alguien me vio o si olvidé algo. Nunca volví a mirar atrás.
Caminé largo tiempo hasta conseguir transporte. No sé quiénes eran, no sé a dónde iban. Recorrí muchas ciudades, conocí muchas personas. Vi criaturas sorprendentes, escuché historias asombrosas. Bailé, reí, gocé. Pero nunca fue suficiente.
Nada era suficiente. El mundo nos odiaba. Nuestra sociedad se caía a pedazos. Despertados aquí y allá creían poder dominar lo que quedara. Todo era caos. Todo era un gran juego sin sentido. Hasta que conocí a Virtus.
Todo era fuego con él. Era arrollador, temerario, decidido. Incluso siendo tan joven, había logrado levantarse en contra del rey despertado. Tenía fieles seguidores que no dudaban de su comando. Le tenían respeto. Y quienes no lo respetaban, le temían.
Jamás había perdido un enfrentamiento. Hacía años que peleaba. Aprendió en las calles. Era salvaje como un gran incendio. A donde fuera, todos lo miraban. Y como no hacerlo. Era joven, atractivo, rudo, indomable. Lo seguías o te corrías de su camino. Porque nada iba a detenerlo. O por lo menos, eso creí.



Antes de ella, todo era claro. Sabía exactamente lo que tenía que hacer. Tenía idea de cómo llevarlo a cabo. Todo se estaba moviendo en la dirección correcta. Era sencillo. No dejaríamos que un auto-proclamado soberano intentara subyugarnos a su voluntad. Pero entonces, llegó ella. Y comenzaron las preguntas. Y ya nada quedó claro.
Era desvergonzada, atrevida, incisiva, decidida. Desde el primer momento que puso pie en el campamento, puso sus ojos en mí, y me convertí en su presa. Podría tener a quien quisiera a sus pies. Pero ella me quería a mí. No pude hacer nada para disuadirla. Nada la detenía. No había miedo en sus ojos. Pero mi brújula ya tenía una dirección. Y ella no lograría torcerla.
Tenía esa actitud de reina o de princesa caprichosa. Todos se lo permitían. Sin importar cuanto los amenazara para que no lo hicieran. Ella disfrutaba con eso. Era consciente de lo que provocaba. Nada podía hacer yo, más que enfocarme en lo que realmente importaba.



Nunca había deseado tanto algo, como hasta ese momento. Quería domar ese fuego. Pero él se resistía. No me dejaba alcanzarlo en privado, me apartaba cuando estaba entre su gente. Y eso solo alimentaba aún más mi necesidad. Estaba dispuesta a quemarme por completo. Pero tenía que ser inteligente. Debía moverme de la forma correcta si quería llegar a él.
Comencé a escuchar en silencio, sin molestarlo. No dejé de seguirlo, pero mantuve mi distancia. Me desenvolví con sus allegados y fieles. Me permití conocerlos, oír lo que pensaban y lo que anhelaban. Me volví una predicadora de la causa. De su causa. Demostré mi valía intermediando con potenciales aliados y atrayendo más seguidores.
Sin que se diera cuenta, me gané un lugar en su mesa de oficiales. Mi influencia era grande entre su gente y aliados. Ayudé a completar la idea de rebelión. A que se pensara en el después y no solo en un golpe de estado. Me hice indispensable, logré que tuviera que hablarme directamente. Necesitaba mi consejo, mi apoyo. El fuego, al fin era mío.



Aún hoy, no sé cómo lo hizo. Pero resultó. Por momentos dudé si no era ella la persona más poderosa allí. Era claro que me seguían a mí. Pero ella podría haber cambiado eso si lo hubiera creído. A pesar de que no lo quisiera, la necesitaba a mi lado. Su poder era absoluto.
Crecimos en número. Nos hicimos más fuertes y mejores. Comenzamos a hacer una diferencia. Logramos avanzar y hacernos un lugar. Terminamos por captar la atención del nefasto rey. Lo cual nos obligó a ser más precavidos y movernos con cuidado. El riesgo y el compromiso aumentó sin que nos diéramos cuenta. Mucha gente dependía de nosotros.
Tuvimos que expandirnos. La idea de rebelión se había metido en los corazones de la gente. Pero eso no los hacía inmediatamente fieles. Algunos creían tener lo necesario para dirigir su propia rebelión, lo cual solo terminaría por debilitarnos. Esto me llevó a tomar medidas extremas.
Como cuando era chico, hice valer la ley del más fuerte. Todo aquel que creyera que podía hacerlo mejor que yo, debía derrotarme. Jamás perdí una pelea. Lo que me brindó respeto entre mis fieles e infundió temor en mis enemigos o aquellos que aún no estuvieran tan comprometidos. Jamás alguien logró estar a mi altura en un enfrentamiento. Hasta aquel día, donde conocí a Gravitas.


domingo, 15 de octubre de 2017

A veces las cosas no se dan.

Domingo 15 de octubre, 5:43 de la mañana.

A veces las cosas no se dan, porque no deben darse. A veces solo hay que esperar, a que sea el momento adecuado. Te lo dice alguien que no cree en el destino. Te lo dice alguien que llegó hasta donde quiso llegar. Y si no llegó más lejos, es porque le dio paja.
A veces parece casualidad, y a veces causalidad. Siempre sentí que había “algo más”. Algunos lo llamaron Dios, no me convenció. Otros lo llamaron energía, tampoco me convenció. Algunos lo llamaron experiencias de vidas pasadas, me cuesta creerlo realmente. Pero yo sé, que hay “algo más”.
Hay eventos que no puedo explicar. Y no hablo de la luz mala, los gnomos o las sanaciones milagrosas. Hablo de eso que llamamos “suerte”. Todas esas veces que temiste por tu vida y nada sucedió. Todas esas veces que te podrían haber pasado cosas malas (como a tantos otros), a vos no te sucedieron. Todas esas veces donde pudiste haber dado una vuelta errónea en la vida, y no lo hiciste. Y al mirarlas todas juntas decís “que suerte tuve”.
No digo que no haya tenido malas experiencias. No digo que nunca me arrepentí de haberme levantado de la cama. Hay cosas que hasta he olvidado de lo malas que fueron. Pero no puedo evitar pensar que tuve suerte. Que “algo” se apiadó de mí. O que prefirió a otra víctima.
No sé, creo que estoy divagando. Capaz sea su perfume que me droga y me hace repensar los eventos de mi vida. Todas las pequeñas piezas que fueron colocadas para llegar a este punto. El hecho de que lo que quisimos que se diera, no se dio en su momento. Y hoy en día parece acomodarse de un momento a otro, sin que nos demos cuenta, sin que lo hayamos elegido. Pero claramente, lo queríamos.
Siempre digo, que no cambiaría nada de lo que viví, porque todo eso me llevó a ser lo que soy y a vivir lo que estoy viviendo. Hoy más que nunca, siento que esta es la vida que elegí vivir, y la voy a seguir eligiendo.



Tenía que ser dos mil diecisiete. Yo elegí que fuera este año. Y este año fue, es y va a ser. 

domingo, 4 de junio de 2017

Gravitas: Despertar

Cuando desperté, tenía cinco años. Pero en ese entonces, no supe notar que hubiera algo diferente en mí. Solo era un niño jugando en el parque. Curioso quizás. Silencioso también. En la escuela de la comuna éramos todos iguales, no había distinciones de ningún tipo, ni siquiera por edades. A los ocho fui testigo del despertar de uno de mis compañeros, Julius. Tampoco supe notar que algo fuera de lo normal había sucedido. Pero al día siguiente Julius no fue a la escuela. Tampoco el siguiente. No volví a ver a Julius hasta muchos años después, cuando lo vi morir.
Mis padres nunca me hablaron del despertar, y tampoco les pregunté al respecto. Se contaban muchas historias descabelladas entre los niños de mi comuna. Jamás creí ninguna. Algunos tenían miedo. Otros no entendían. Unos pocos profesaban ser los siguientes. Todos se equivocaban. Nada sucedió hasta que cumplí once. Y entonces, lo supe. No puedo explicar cómo, pero desperté una mañana y tras limpiar mi cuarto, me senté en la puerta a esperar. Horas después vinieron a buscarme. Pude ver las lágrimas de dolor de mi madre como nunca antes. Y sentí la vergüenza de mi padre en su esquiva mirada. Nada podía hacer. Era mi deber. Lo sentí en mi corazón. Con paso firme, me alejé de mi hogar para siempre.
Pasé los siguientes años de mi vida bajo el tutelaje de Merión, conviviendo con otros niños despertados. Aprendiendo sobre nosotros mismos y de lo que éramos capaces de hacer. Se nos instruyó académica, intelectual y físicamente. Se nos inculcó disciplina y se nos estimuló para que explotemos nuestros propios límites. Con el tiempo, se hizo evidente cuales eran las fortalezas de cada uno, y poco a poco nuestras lecciones fueron dirigidas a desarrollar las mismas con mayor intensidad.
Por aquel entonces no hablaba mucho con mis compañeros, a excepción de Pietas. No era necesario hablarle, o siquiera mirarla. Ella hablaba por todos. Todo el tiempo. Nadie la declaró líder, no hacía falta realmente. Ella solo tenía que señalar, y alguien siempre estaba dispuesto a lograrlo. No es que fuera la única mujer. Tampoco era la más atractiva. Simplemente, era ella misma. Todos adoraban a Pietas. Mujeres y hombres por igual. Había un fuego en sus ojos, que jamás se apagaba. Era caprichosa y jamás tuvo un plan. Pero todos la seguían. Todos querían cumplir sus deseos. Incluso yo.
-          Quiero ver cómo le rompes el brazo.
-          ¿Por qué?
-          Porque sé que puedas hacerlo.
Nunca voy a olvidar aquel grito de dolor. Pero no me importó. Tampoco la reprimenda que vino después. Estuve cuatro días en la oscuridad. La mañana del quinto día Merión me trajo comida y dejó entrar un haz de luz. Me observó saciar el hambre que tenía con ojos curiosos y luego me preguntó:
 -          ¿Debería castigar también a Pietas?
-          No.
-          ¿Por qué no?
-          Porque yo lo hice.
-          Pero fue ella quien se metió en tu cabeza. Es lo que ella hace.
-          Pero yo decidí hacerlo.
-          ¿Te arrepientes?
-          Jamás.
Tres días después se me permitió volver. Algunos me miraban con desprecio, otros me recibieron como si fuera un héroe. Pietas se mostró indiferente, pero pude ver como la curiosidad se apoderaba de su maliciosa mente.
-          ¿Qué crees que pasará con nosotros?
-          ¿A qué te refieres?
-          ¿Qué se supone que estamos haciendo aquí?
-          Aprendemos. Nos preparamos.
-          ¿Para qué?
-          Para afrontar lo que se viene. Para sobrevivir en este mundo. Para evitar que caigamos, como otros lo hicieron antes.
-          ¿Crees en el destino?
-          No.
-          ¿Por qué no?
-          No creo que todo lo que hago sea parte de algo que ya fue calculado y que irremediablemente me llevará a donde debo.
-          Mmm, es una forma de pensarlo.
-          ¿En qué cree la gran Pietas entonces? – Esto me mereció un inmediato golpe a las costillas. Y algunos minutos de extraño silencio.
-          Yo creo que estamos destinados a algo grandioso.
-          ¿En qué sentido?
-          Yo creo que hay una fuerza infinita que nos llama y nos atrae hacia la verdad absoluta.
-          ¿Y cuál es esa verdad?
-          Que somos únicos. Y que nos merecemos el mundo.
Jamás olvidaré el brillo que había en sus ojos. Realmente creía cada palabra. Su corazón estaba seguro. Ella estaba destinada a reinar. ¿Y por qué no? Solo debía pedirlo, y todos se postrarían ante ella. Allí, recostados en la hierba bajo el cielo nocturno, por primera vez en mi vida, pude notar que algo distinto había sucedido. Algo invisible, algo intangible, algo inimaginable. En ese preciso instante, pude apreciar un despertar. Para bien o para mal, a partir de ese momento, Pietas, comenzó a cambiar el mundo.



No recuerdo mi vida antes del despertar. No creo que haya tenido una. Mi destino era despertar. Y a partir de ese momento, solo viví para ser el mejor y más poderoso despertado que jamás haya existido.
No recuerdo cuantos años tenía, ni cómo se llamaban ellos. No pretendieron ser una familia, y a decir verdad, no los necesitaba de esa forma. Me instruyeron, me enseñaron, me entrenaron, me prepararon. Ya desde joven tuve en claro cuán grande era mi destino.
No recuerdo cuando comenzó, ni como sucedió. No pedí que me siguieran, ni que me hicieran su líder. Solo demostré lo que valía y les indiqué hacia donde me dirigía. Y así, en poco tiempo, tuve un pequeño ejército a mi disposición. Mi sueño, se hizo el de ellos.
No recuerdo sus rostros, ni las suplicas que balbucearon antes de que los matara. Nunca supe quiénes eran, y tampoco me importó. Era lo que tenía que hacer. Era lo debido y necesario. Todos contaban conmigo. Era mi deber hacer que el mundo comprendiera, donde estaba la grandeza.
Recuerdo las miradas sobre mi cuando entré. Nunca esperaron ver algo igual. Nunca sintieron tanto miedo y gozo al mismo tiempo. Yo era todo lo que soñaban ser algún día, y al mismo tiempo era quien regiría su mundo. Percibí las nerviosas sonrisas de los hombres y su patético intento por recibirme con sus mejores galas. Mientras ellos no dejaban de sudar por la ansiedad, sus mujeres fantaseaban con tenerme para ellas. La tensión sexual y el miedo inundó la sala. Sin decir una palabra, pasé frente al lugar que me ofrecían, ignorando sus atónitos rostros, y me dirigí al asiento principal, a la cabeza de la mesa. El asiento era más grande, como el de un líder, un rey. Así que lo tomé como propio, y antes de que pudieran salir de su asombro, los invité a sentarse a su propia mesa. No hubo nada que pudieran hacer. Ellos, me pertenecían.



Al principio creí que era una maldición. Perdí mi familia, mi aldea, todo lo que conocía a los cinco años. Me volví un errante, viajando entre asentamientos y ciudades, sin quedarme demasiado tiempo en cada lugar. Aprendí rápidamente a pelear y defender lo poco que llevaba conmigo. Los niños pueden ser realmente perversos a veces. Fueron tiempos duros, pero me forjaron y me convirtieron en lo que soy.
Aprendí a pasar desapercibido a los ojos de los adultos. Solo los niños de mi edad notaban mi presencia. Lo que me permitió moverme con libertad la mayoría de las veces y simplemente tener que lidiar con pequeños llorones que no aguantaban una buena golpiza. A los once años me establecí en las ruinas de un asentamiento de perdonados, que se ubicaba a las afueras de una pequeña ciudad. Llevaba algún tiempo abandonado, al parecer un ejército de despertados los tomó por sorpresa y los hizo esclavos bajo órdenes del nuevo auto proclamado rey. El mundo estaba cambiando rápidamente para la humanidad. Pero un rey despertado no sonaba mal. Tal vez ya no tuviera que esconderme, ni a mi despertar.
Esta idea no me duró mucho en verdad. Una noche, mientras intentaba pasar desapercibido en las sombras para cazar mi siguiente almuerzo, los vi. Un grupo de soldados había incursionado en el asentamiento. Intentaban en vano no hacer ruido, y era claro que buscaban algo. No me di cuenta que era a mí a quien buscaban hasta que llegaron a mi escondrijo. Sus intenciones eran dudosas, pero si se habían tomado el trabajo de buscarme en silencio y durante la noche, no podían ser buenas. Con calculado cuidado, los enfrenté a la distancia. Demandé saber porque me buscaban. El líder del escuadrón dijo algo sobre el riesgo de habitar esas ruinas.
-         Me iré por la mañana entonces.
-          Puedes venir con nosotros ahora, tenemos comida y abrigo a tu disposición dentro de la ciudad.
-          Prefiero tomar mis cosas e irme por mi cuenta esta misma noche.
-          Pequeño, no hace falta que huyas. Solo ven con nosotros, serás registrado en la ciudad y se te darán todas las comodidades necesarias para que puedas descansar como es debido.
-          No necesito comodidades. Estoy bien aquí.
-          Mira, no volveré a ofrecértelo niño. Ven con nosotros por tu propia voluntad.
-          ¿O qué?
-          O tendremos que llevarte por la fuerza.
-          Pueden intentarlo entonces.
No me conocían. No sabían en donde se habían metido ni con quien. No tuvieron siquiera oportunidad. No hubo misericordia. No sentí remordimiento alguno. Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir. No iba a permitir que me dijeran como y donde vivir. Ni que controlaran mi vida. No iba a permitirles que hicieran lo que quisiesen. Ni siquiera a ese tal rey despertado.

martes, 23 de mayo de 2017

Gravitas: Cero

Poder. Todo empieza con él. Una vez que lo pruebas, se vuelve una adicción. Quieres más, pero obtenerlo no te satisface, no sacia tu sed. Pierdes visión de la realidad y al mismo tiempo te vuelves altamente funcional, solo en pos de obtener eso que tanto deseas. Te desconectas de todo vínculo emocional. Transgredes toda barrera ética y moral que alguna vez supiste tener. Te transformas en un ente sin consciencia o remordimiento. Nunca más, habrá en tu vida, algo que sientas o denomines sagrado.
Pero un día, todo termina. El mundo estalla. Los sistemas caen. La fe se pierde. La humanidad se extingue. El poder, desaparece. Y solo aquellos que sobreviven, logran entender el peso de sus actos. La grave responsabilidad, que ahora sufren en soledad.

Primero fue el hambre. Después fue la guerra. Cambió el aire. Murieron la mayoría de los animales. Rara vez volvimos a ver el sol. Las enfermedades arrasaron con los viejos y los más jóvenes. El miedo se apoderó de los adultos. El mundo se sumió en penumbras y silencio. El tiempo se llevó las lágrimas y la esperanza. Los sobrevivientes (o culpables como más tarde se los llamó) se refugiaron del implacable exterior. Hasta que un día, la tierra gritó.
Nadie supo explicar que sucedió exactamente, pero se han encontrado registros de distintas partes del mundo para ese mismo suceso en el mismo preciso instante. Todos indican un cambio estructural en la tierra misma, como si todos esos años de obsoleta existencia, escondidos en agujeros bajo tierra o tras las piedras que alguna vez supieron construir, hubieran colmado la paciencia de un planeta que esperaba un resurgir. Terremotos, volcanes, tsunamis, tormentas, todo esto y más se manifestó de repente. Muchos perecieron, otros se vieron obligados a salir de su ensimismamiento. Quienes aún tenían una vida, tuvieron que aferrarse a ella para sobrevivir. Y luego, amaneció.
Después de tanto tiempo, el sol se mostró una vez más. El cielo se volvió pardo, y el planeta cobró vida. La naturaleza se hizo paso, como desperezándose tras una larga hibernación. Nueva vegetación comenzó a cubrir la tierra oxidada y extrañas especies animales se asomaron al nuevo mundo. La humanidad recobró esperanzas, y tras años de silencio, distintos rincones del planeta se llenaron de llantos infantiles. Los perdonados (como se nombró a los culpables que sobrevivieron para ver El Amanecer) se creyeron bendecidos y hasta declararon vivir un milagroso despertar. Pero una vez más, estaban equivocados.
El planeta aprendió que debía sobrevivir. Y darle rienda suelta a la humanidad, no era la forma correcta. La nueva vegetación era venenosa en su mayoría. Las nuevas especies animales mucho más agresivas y peligrosas. El clima se volvió impredecible, caótico y devastador. Las mujeres dieron a luz a niños monstruosos, con diversas malformaciones y mutaciones en sus pequeños cuerpos. Pero con voluntad y mucho esfuerzo, la humanidad prevaleció. Todo aire de conquista y colonización sobre el nuevo mundo se vio mitigado por la indómita fuerza de un planeta que aprendió a sobrevivir a la humanidad.
Los perdonados establecieron algunos asentamientos que con los años se volvieron ciudades, pequeñas, y en constante lucha contra la naturaleza avasallante. Cada ciudad se auto proclamó nación, bajo la dirección del caudillo de turno y bajo los términos que pudiera mantener durante su reinado. Como si la historia fuera ineludible, alianzas fueron hechas y deshechas. Riñas y escaramuzas fueron planeadas y llevadas a cabo. Y así, en un mundo hostil y salvaje, la humanidad volvió a su hábitat habitual.

A pesar de todo lo sucedido, la humanidad parecía reiterarse y cometer los mismos errores, otra vez. Pero un día, llegaron los despertados.

miércoles, 19 de abril de 2017

Decirte. Decir te

Decirte. ¿Qué puedo decirte? ¿Qué necesito decirte? Decir te… ¿Qué? ¿Te quiero? ¿Te extraño? ¿Te amo? ¿Tan así? ¿Tan difícil es decir lo que uno siente? ¿o lo que piensa?

Si, claramente lo es. Uno va por la vida profesando que hay que decir lo que se siente y lo que uno piensa. Uno escribe y declara que escribe sin filtros, sin vergüenzas ni arrepentimientos. Uno se muestra sin miedo, seguro de sí mismo, nada puede contra uno. Pero la verdad es otra. La verdad es que nos mentimos. Decimos lo que podemos. Pocas veces lo que queremos. Mucho menos lo que sentimos. Decimos por decir. Dejamos que digan otros. Y nos callamos.

¿Qué puedo decirte? A vos puedo decirte que te aprecio. A ella que la necesito. A él que me vendría bien un abrazo. A ella que la extraño. A él que solo deseo verlo feliz.
¿Qué necesito decirte? A vos necesito decirte que te deseo mi vida. A él que lo odio. A ella que estoy perdidamente enamorado. A él que necesita despertar. A ella que no quiero perderla.
¿Qué quiero decirte? A vos quiero decirte que tengo miedo. A ella que tengo miedo. A él que tuve miedo. A ella todo lo que siento. A él todo lo que sentí.

Si, claramente es difícil decirte todo esto. Es más fácil escribirlo. Sin nombres. Sin etiquetas. Como si solo fueran palabras. Como si no fueran sentimientos. Como si fueran simples ideas. Como si no fueran la razón por la que no duermo. Como si fueran divagaciones en el humo. Como si no fueran deseos arrancados del corazón.

Y si no decimos lo que podemos, ¿Qué decimos?
Y si no decimos o que necesitamos, ¿Qué decimos?
Y si no decimos lo que queremos, ¿Qué decimos?

Mentimos. Decimos lo que escuchamos. No decimos nada.




¿Cómo hago para decirte todo lo que podemos lograr? ¿Cómo decirte cuanto te necesito? ¿Cómo decirte que te quiero conmigo ahora y para siempre?