Yo. Ahora.
Necesito. Todo se resume a eso. Pero no es tan sencillo. Las paredes se alejan rápidamente.
El techo parece muy alto ahora. El aire está viciado y frío, parece que una
corriente escapa por debajo de la puerta. La silla es incómoda, pero es justo
como quería, de madera firme, que no cruje al moverme. Mis pies descalzos
reposan en la alfombra que dispuse en medio de la habitación. Solo tengo mi
escritorio frente a mí, con las herramientas justas y exactas. Cada tecla
plasma un sinfín de ideas sobre el papel virgen. El vaso con alcohol a mi lado,
para mantener encendida la caldera en mi interior. Mis párpados pesan, los
oídos me zumban, hace tiempo se acabó la música. Pero el equipo está demasiado
lejos, y no puedo permitirme frenar. Es este momento, justo ahora, donde no
puedo parar. Mi garganta seca, absorbe la última gota, parece que ya no habrá
combustible tampoco. Los dedos ya no me responden, las teclas parecen volverse más
duras con cada palabra. Ya puedo escuchar las críticas, las risas y las quejas,
también sus miradas en mi nuca. Ya no existe un mundo allá fuera, la ventana
solo muestra unas nubes grises y tras la puerta rige un silencio sepulcral. No
hay nada más, solo yo, ahora, y lo que necesito.
Una palabra
más, una oración, un párrafo, un capítulo, una vida. Debo continuar, hasta que
el final se muestre, y me deje ir a descansar. Pero no llega, no hay indicios
de que lo hará pronto. Las ideas se tuercen, enloquecen, muestran su naturaleza
más salvaje. Puedo sentir el escalofrío subir por mi espalda, la piel de
gallina, el escozor insoportable tras la oreja. Escapan a través de mis dedos,
bailan en el papel con cada tecleo. Me miran desafiantes, rencorosos por no haber
sido liberados con anterioridad. Amenazan con revelar mis vulnerabilidades, mis
secretos, desnudarme al lector. Me tienen atado, atormentado, no puedo escapar.
Cada palabra se lleva una parte de mí, un recuerdo, un sentimiento, una
lágrima, una risa, hasta una gota de mi sangre. Puedo sentir los espasmos que
recorren mi frágil ser, puedo escuchar los golpes en la puerta. Alguien grita
mi nombre, pero no puedo detenerme. Todo es tan vago y distante, nada parece
real, aunque al mismo tiempo, es todo lo que importa. Es mi vida, soy yo, es
ahora, es lo que necesito.
Una ola de
calor recorre mi cuerpo, es el final, puedo vislumbrarlo, está allí y me
espera. Mi cuerpo se revitaliza, las palabras fluyen en grandes caudales. Se
sumergen en el mar de papel, creando una corriente de maravillas jamás soñadas
por otro ser vivo. Siento el suelo temblar, el techo se cae a pedazos, las
paredes están viejas y destruidas. Pero en mi pecho este fuego arde como nunca,
puedo sentir el fervor y el calor en mi cabeza. El sudor cae por mi frente a mis
piernas, entonces es cuando puedo sentir el frio que hace en la habitación. Mis
manos parecen pálidas, estoy dejándolo todo, no habrá nada más después. Esta
será mi obra maestra, y mi alma quedará atrapada en ella. Tengo la boca seca,
las manos me tiemblan, mi corazón está por estallar. Un trueno resuena en el
cielo, la lluvia se abre paso a través del techo. Siento sus manos en mi
cuerpo, quieren detenerme, alejarme de mi labor. Lucho con todas mis fuerzas,
no puedo dejarlo sin terminar. Me sacan a rastras de la habitación, me gritan
palabras sin sentido, no me prestan atención. La rabia me invade, mis esfuerzos
son en vano, no me dejan escapar, puedo verlo aún, allí se quedará.
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