Por que debería? Por que lo siento? Por que significa hacer lo correcto? Acaso no
tengo voz y voto sobre mi mismo? Por que debería respetar un dogma? Un
estereotipo? Una “regla” socialmente preestablecida?
Soy libre de hacer cuanto quiera, de la
misma manera que soy libre de pensar lo que se me ocurra. Obviamente hay leyes
y verdaderas “reglas” que no puedo romper sin consecuencias “legales”. Pero eso
no quiere decir que no pueda elegir que hacer con mi vida. Para donde llevarla,
como “desperdiciarla” si así lo quisiera.
Y sin embargo aquí me encuentro.
Acorralado, interrogado, presionado, encerrado. Los reclamos como municiones de
armas que disparan a matar. Apuntando esta todo mi mundo, todos a mi alrededor.
Buscando respuestas que no necesitan, que no tengo porque dar. Señalando con
sus porcinos dedos, grasientos, sucios. Como si ellos no hicieran y pensaran
cosas así. La única diferencia aquí, es que yo digo lo que pienso. Con total
caradurez y despojado de toda vergüenza, para terror e indignación de mis
acusadores.
Yo tuve una idea, una que otros habían
tenido ya. Pero yo no tuve temor de gritarla. De hacerla real. De traerla al
mundo como mi pequeño capricho y alimentarla con toda la porquería de este
mundo. Y así creció. Amenazando sus pomposas vidas con su sola presencia. Una
creación hermosa a mis ojos. Desfachatada e indigna para ellos.
Puedo ver el odio en sus ojos. La
desesperación que acompaña a la incertidumbre de no saber como todo va a terminar.
El deseo, el inmundo deseo de verme en el piso, pisoteado, arrancado de toda
verdad, de toda vida.
Pero son ilusos, no entienden la magnitud
de todo esto. No saben a lo que se han enfrentado. No tienen idea de quién soy,
ni de lo que he creado. Soy el padre de la peor de sus pesadillas. Aunque mi
sangre cubra el piso y mi corazón abandone toda fuerza para latir, lo que yo
inicié no puede ser detenido. El fin es inminente. Puedo verlo, puedo sentirlo.
Nada puede frenarlo. Todo su mundo se viene abajo.
Con mi último dejo de fuerza, me incorporo
para mirarlos y dejo escapar una carcajada con mi último aliento. Para que ese
sonido les quede grabado en sus mentes. Para que despierten en la noche con mi
risa. Para que sea lo último que escuchen antes de morir. Para que jamás
olviden a aquel hombre. Aquel hombre que derrumbó todo su imperio. Solo con una
idea, una por la cual entregó la vida, con una obvia sonrisa.
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