Estaba ansioso, tenía dudas, tenía miedos, tenía prejuicios,
tenía ideas descabelladas. Pero nada me preparó para lo que vi a continuación. Todo
era inerte, gris, sin alma, sin calor, sin amor. Había espinas por todos lados,
todo podía lastimarte, todo a nuestro alrededor quería matarnos.
Me miraste. Pude verlo en tus ojos. Pude ver el miedo. Aquel
terror que tenías se transmitió a todo mí ser. Mi cuerpo temblaba
incontrolablemente. Esbocé una sonrisa y dije palabras bonitas. Tome fuerte tu
mano y llene mi mente de pensamientos positivos.
Los minutos se hicieron eternos y las palabras terminaron
por perderse en el silencio. Quería escapar, quería correr, huir de aquel
lugar. Pero estabas ahí, apretabas con fuerza mi mano. Me dabas la fuerza que
se suponía yo venía a darte a vos.
El pulso me traicionó, la despedida se apresuró. Me fui con
la mente nublada, cabizbajo, perdido en mi dolor. La angustia de mi se adueñó.
Escapé rápidamente y busqué donde respirar. El aire fresco de la tarde llenó
mis pulmones, y las lágrimas incansablemente brotaron de mí.
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