Pueden escucharse mis pisadas desde lejos, llegan a mis oídos los ecos lejanos del agua salpicando a cada paso que doy sobre el asfalto aun mojado por la llovizna nocturna. Bestias aúllan desde las sombras, amenazando con sus miradas teñidas en sangre y mostrando fauces dignas del mas terrorífico infierno. El ambiente parece cargado de una melancolía tal, que con su peso abismal podría oprimir el pecho del mas feliz de los hombres y aplastar la espalda del mas seguro. La luna ilumina tras algunas nubes, dando una imagen difusa de si misma, triste y a punto de romper en llanto. Mientras tanto, mi mente se pierde en los andares de la vida, dejándome a la deriva en el mar del destino, solo en compañía de olvidos y desamores, acosado por la desdicha y perseguido por los rencores.
No me sueltes alma mía, no me dejes a mi suerte. Ya no me queda nada, ni siquiera mi mente me obedece.
No me sueltes alma mía, no me abandones. Ya lo perdí todo, y lo que no, lo abandoné a un lado del camino.
No me sueltes alma mía, no conozco estas tierras. Ya no tengo rumbo, ignoré toda guía.
No me sueltes alma mía, no puedo con mi vida. Ya me deshice de todo, ni fuerzas me quedan.
Y como un naufrago en un mar de soledad, cerré los ojos para descansar. Dejé que la brisa se llevara mis últimos pensamientos, arrastrando consigo los pocos deseos que me quedaban. Poco a poco mis latidos disminuyeron, hasta que expulsé mi último aliento.
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